Santa Teresa: polvo, recuerdos y caminos nuevos

Santa Teresa de Cóbano es de esos lugares que uno dice: mae, qué bendición que esto exista. Un rincón especial de Puntarenas que apenas llegás ya te mueve algo por dentro. Paisajes que te quitan el aliento, atardeceres que parecen filtro de Instagram pero no ocupan nada, y memorias… memorias que guardo como oro.

Porque Santa Teresa no es solo playa. Es familia, es compas, es café compartido sin ver el reloj. Es miradas que dicen más que mil palabras, de esas que te hacen ver más allá del alma y casi tocar el cielo… Ahhh… ¿te agarré verdad? 😏 Ahora que tengo su atención, hoy quiero contarles de mi última vuelta por este lugar que siempre me mueve algo por dentro.

Santa Teresa es espectacular, así sin exagerar. Sus playas, su vibra relajada pero intensa, su gente. Es un pedacito único de Costa Rica… aunque por ratos ya ni parece Costa Rica. La mezcla cultural es otra cosa: el tico de la zona, el surfista que vino por una semana y lleva diez años, los europeos, los gringos, los nómadas digitales… todo mezclado con olor a mar y café recién hecho. Es ese tipo de lugar donde escuchás cinco idiomas distintos mientras pedís un casado.

La primera vez que fui fue hace como quince años, en mi primer carro: un Fiat Panda. Un guerrero, un sobreviviente. Ese carrito aguantó más de lo que cualquier manual recomendaba. Nunca voy a olvidar cuando me dejó el ferry y me tocó dar la vuelta completa por la Península de Nicoya, más de 400 kilómetros. Y ojo, eso fue cuando todavía no existía la carretera “bonita” de hoy. Desde Playa Naranjo hasta Playa del Carmen era puro lastre, subiendo y bajando cerros bravos, polvo por todo lado. El carro era blanco… llegó color carbón.

Pero fue en ese viaje, lleno de polvo y cansancio, donde me enamoré de Santa Teresa por primera vez. No por lo perfecto, sino por lo real.

Este año decidí llegarle otra vez y mae… qué diferencia. Carretera perfecta hasta Playa Hermosa, aceras, casi nada de polvo, desarrollo por todo lado y opciones gastronómicas para todos los gustos. Yo no puedo ir y no pasar por mis clásicos: Katana, Mussa y un buen café en Gula. Mis favoritos. (Espacio comercial no pagado, por aquello 😅).

Pero lo que más me pegó no fue el asfalto nuevo, sino darme cuenta de que el lugar cambió… y yo también. En estos quince años he pasado por todo. Estuve en la cumbre y estuve en el piso. Fui amado y fui rechazado. Grité, bailé, reí y lloré. Y cada uno de esos momentos me fue formando.

Hay etapas en la vida donde el camino es puro polvo, cerros que suben y bajan, curvas que no veías venir. Uno es como ese carro blanco que termina negro, cansado y golpeado. Pero ahí entra la resiliencia, el aprendizaje y la capacidad de levantarse y seguir. Con el tiempo uno va construyendo caminos más sólidos y cuando volvés a pasar por ellos… ya no levantan tanto polvo.

Una de las cosas que más amo de estas viajes es sentarme sin prisa a escuchar el mar y observar a la gente. Oír todos los acentos mezclados: españoles de toda Latinoamérica, idiomas nórdicos, Europa del Este, inglés norteamericano por todo lado. Es un pequeño mundo en un rincón de Puntarenas.

Les dejo unas capturas de Playa Hermosa. Usted simplemente no puede ir a Santa Tere y no ir a esta maravillosa playa. También me escapé a las piscinas naturales de Montezuma, sector Cabo Blanco, como a 15–20 minutos. Mándese, de verdad. Siéntese en la playa con un buen café —o con una fría — respire y piense en su antes y su después.

Porque nada es para siempre. Los lugares cambian, los caminos cambian y nosotros también. Y aunque a veces duela, casi siempre es para bien.

Un abrazo, mi gente. Se vienen más historias, más caminos y más café.

Esto apenas empieza. 🌿☕🌊

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